jueves, 18 de agosto de 2011

Confesiones en un taxi

Lo real y lo imaginario… frontera entre realidad y ficción, entre persona y personaje, el cazador cazado… lo paradójico de ponerse al otro lado del espejo… un director tiene que pasar por la experiencia de ser actor para poder dirigir…

El taxi al que me acababa de subir parecía transparente, como una alfombra voladora, un satélite submarino, una montaña rusa a cámara lenta, un tren atravesando un paiaje nevado y el mundo alrededor, un sueño. La taxista, su conversación y el reflejo de su mirada en el retrovisor eran como el canto de las sirenas que guiaban a Ulises en su Odisea, mi Odisea a ninguna parte a través de la noche de Nueva York.

La taxista trasnsmitía esa sensación de confianza mezclada con seguridad que proporciona un extraño para desahogarse y confesar secretos nunca antes compartidos… llevada al extremo…

Fue la primera taxista que ví en NY, según ella hay unas doscientas en la gran manzana, pero fue la primera y la última que ví. Asombrada de que esta vez fuera yo, el cliente, quien eligiera el taxi, las posibilidades de que yo acabara en aquel taxi en la última carrera de la noche deben ser de una entre unos millones…. Ya se retiraba a descansar, pero decidió hacer la última carrera.

Como cuando te dejas llevar por una situación placentera, su tono y su conducción me hicieron perder la noción espacio-tiempo durante cerca de una hora. El taxímetro no paraba de subir y la cantidad de dólares (dolores como los llaman los latinos) aumentaba de la misma manera que lo hacía el flujo de comunicación entre los dos. Sus preguntas eran cada vez más íntimas y yo estaba en la inopia, me había tomado unas cuantas copas, eran las 5 de la mañana, no había indicado mi destino a la taxista, símplemente le indiqué que condujera. Pareció no importarle demasiado. A unos cuarenta minutos de carrera paramos a por tabaco y de vuelta en el taxi, seguí disfrutando del viaje a medida que iba confesando mis pequeños secretos inconfesables. Barra libre de intimidades.


Fotogramas de “Taxicab Confessions”.

A medida que el viaje se prolongaba, inconscientemente yo iba sintiendo una extraña atracción hacia mi anónima conductora. Como si me fuera a dar la solución definitiva, la veía como un oráculo. Confuso por aquella carerra sin fin ni destino, propuse a la taxista tomar algo, estaba a punto de amanecer, pero ella se resistió, como si no pudiera salir de aquel taxi.

De repente paró en un cruce, se giró hacia mí, me miró por primera vez directamente, sin retrovisor y me desveló su secreto: el taxi en el que yo había decidido subirme estaba plagado de cámaras y micrófonos ocultos, ella era una taxista real que la cadena HBO había contratado para que hiciera dee taxista imaginaria. Su trabajo consistía en elegir a posibles personajes de la noche neoyorquina y tirarles de la lengua y del alma mientras viajaban en su taxi trampa. Enviaba el material en bruto a la sala de edición y allí se encargaban de seleccionar el material con el que montaban programas de media hora. Alucinaba, no podía ser que me hubiera pasado a mí. Ella me lo confirma al pasarme una hoja con el sello de HBO y el nombre el programa, Taxicab Confessions, y al enseñarme las cámaras y micros ocultos en el taxi. En un principio me niego a firmar la cesión de derechos de is imágenes para el programa, pero una vez más, la taxista me convence y termino por firmar.

Era la mejor cámara oculta que jamás me habían hecho. No me podía negar, había caído en mi propia trampa, fue toda una lección de cine oculto, me convertí sin quererlo ni beberlo en personaje para la HBO (morbo añadido ya que la cadena había parido maravillas catódicas como la de los Soprano, entre otras), yo era realizador de documentales y acababa de enviar un proyecto de largometraje documental sobre el neo-burlesque neoyorquino para su valoración a la HBO.

Lo que más me cautivó de la experiencia fue el hecho de haberme convertido por un instante en personaje de mí mismo sin ser consciente de ello, un actor inconsciente, persona convertida en personaje.

Aturdido y satisfecho, el taxi desaparece y yo trato de volver a mi persona. Me pregunto si Jim Jarmusch se inspiró en aquel taxi para dar forma a su película de taxis, Noche en la tierra.



sábado, 6 de agosto de 2011

Nos imaginamos

Remix de El hacedor (de Borges), Remake, de Fernández Mallo.


Leyendo el capítulo “Un recorrido por los monumentos de La Aventura” del remake de Fernández Mallo donde recuerda el rodaje de la mítica La Aventura de Antonioni en una pequeña isla rocosa llamada Lisca Bianca, recuerdo mi último viaje a Lanzarote, volcánica ínsula y de mayor superficie… me paro aquí mirando los puntos suspensivos y no sé a qué viene esta asociación de ideas o de islas, que quizás sean la misma cosa, me refiero a las islas y a las ideas, quién sabe si cada idea ha nacido en un isla y viceversa, pero el caso es que hay una anécdota que viví en mi último viaje a la idea de Lanzarote que podría haber pertenecido al guión de La Aventura, de Antonioni, una de esas anécdotas o secuencias que por circunstancias ajenas al guionista, como por ejemplo el mismo rodaje o la imprevisible improvisación, acaban por no estar en la película y jode que así sea, porque nunca sabremos cómo habría acabado La Aventura de haber incluído aquella secuencia, lo cual tiene su gracia, porque así nos lo podemos imaginar – inciso: me dicen que he desarrollado un gran olfato para detectar secuencias, frases o anécdotas que estaban en el guión, pero que al final no salen en las películas -, así que trataré de evocar a continuación la secuencia desaparecida, aunque no estoy seguro de poder relatarla con la intensidad en que fue vivida, así que lo que sigue es puro simulacro o representación de lo que fue, como es el caso de la imagen que pongo aquí, foto arrebatada a un umbral de la idea de Lanzarote durante el viaje, cuya visión no sustituye ni de lejos la experiencia de la captura de la imagen in situ.

Así que el tema es que una mañana salgo a tomar un café en la Caleta de Famara, irrepetible ex pueblo pesquero ya colonizado por el surf, pero donde algunos viejos lobos de mar siguen saliendo a pescar en sus turbulentas aguas azotadas mayormente por los vientos alisios y donde se forman unas absorbentes y abismantes corrientes marinas, prueba de ello son las perennes banderas rojas deshilachadas ya de tanto golpe de alisio que ondean en la playa y el número de ahogados que se va tragando el mar, verano sí, verano también, así que en la tasqueta donde me tomo ese primer café de la mañana es donde se me aparece la susodicha anécdota en forma de secuencia cinematográfica con un tratamiento del tiempo más bien lento tirando a aplatanado, o más en la onda de la última narrativa oriental experimental que dirían los críticos del Cahiers. Trato ahora de relatar la anécdota en forma de guión, por si alguien la quisiera incluir en una película ambientada en isla con ideas.

INTERIOR. BAR LA CALETA – DÍA

Un loro de ultramar de color verdeamarillocasiazul me recibe en la barra del Bar la Caleta, cafetería con descarada casta de marineros, con un ¡agüita!...

EL LORO

- ¡Agüita!

…expresión popular y canaria que se dice como coletilla cuando alguien lee, oye o ve algo que le impresiona o llama la atención especialmente, ya sea por su novedad, curiosidad, ironía o porque le resulta escandaloso o impactante; lo que no acabo de entender o recordar es a lo que reaccionaba el loro con su ¡agüita!, pero el caso es que en la barra se apoya un lugareño al que llamaremos ALOE, y se está tomando a eso de las 9.30 de la mañana un aguardiente blanco sorbo a sorbo, pura parsimonia aplatanada, mientras yo me pido un café doble, en plan discreto que es mi primer día, ya llegará el aguardiente y el consiguiente aclimatamiento y mimetismo con la isla y sus costumbres.

La camarera, que debe ser de la isla o al menos canariona por su manera de funcionar en cámara lenta y también por el hecho de no responder o de responder directamente poniendo lo del café en marcha, mira de reojo al loro mientras se apoya en la cafetera como preguntándose a qué venía ese ¡agüita! a esas horas de la mañana, cuando entra otro cliente habitual, y no me pidan ahora que me ponga a explicar porqué intuí que se trataba de un habitual, eso se nota, se palpa, y sucede un reposado diálogo entre ALOE y ALISIO, el otro habitual, diálogo que no llego a descifrar supongo que por el profundo acento volcánico de Famara, por lo que no puedo transcribirlo aquí, hasta que ALISIO termina su chupito – inciso: durante toda la conversación me daba la sensación de ser invisible para todos menos para el loro -, y se despide de ALOE ya en el umbral de la puerta de salida al pleno sol.

ALISIO

- Nos vemos.

ALOE vuelve a su posición original en la barra, pega un sorbo, se gira hacia la puerta por donde acaba de difuminarse ALISIO y se queda vagamente en off, como con la mirada perdida, sostiene la mirada como si esperara la vuelta de ALISIO, y cuando hace ya un minuto largo que nos dejó ALISIO, ALOE parece dar con la fórmula para despedirse.

ALOE

- Nos vemos……. y si no nos vemos, nos imaginamos.

El loro cierra la secuencia con otro ¡agüita! Todo encaja. Como las muñecas rusas. Con un final que es a la vez principio.

EL LORO

- ¡Agüita!

EXTERIOR. PLAYA EL PAPELILLO – DÍA

Acto seguido, me acerco a la playa del Papelillo bajo el risco de Famara para darme un baño de espuma con las corrientes marinas a pleno rendimiento y, en pleno remolino submarino, me acuerdo de que me había ido del Bar La Caleta sin pagar y sin despedirme de ALOE. Me digo para mis adentros que debería anotar la anécdota y colgarla en la red según salga de este remolino que me agarra y me abisma en la bahía de Famara sumergido en la posibilidad de convertirme en un ahogado de leyenda más en esta insólita isla volcánica. En pleno remolino recuerdo lo que me contaba un pescador local sobre las tres corrientes que funcionan en la bahía: una de izquierda a derecha, una viceversa y una tercera de recorrido más inesperado y de origen desconocido que nunca se sabe ni dónde, ni cómo, ni por qué puede brotar. Intuyo que es esta tercera la que me acaba de rozar.